Mientras termino el artículo de la semana

Buscando libros de leyendas para mi biblioteca, que nunca voy a leer, me encontré un libro LEYENDAS Y ROMANCES  de un tal Aurelio Luis Gallardo. Al hojearlo y ojearlo me llamó la atención que dijera Seminario de Guadalajara. Pensé que sería la de España, porque hablaba que estaba lejos de su patria… El libro fue publicado en San Francisco California en 1868, pero al leer más, me encontré que era un exseminarista, del Seminario de Guadalajara, Jalisco, donde yo también estudie.  Dedica el libro a su difunta esposa, a sus hijos, pero también a sus compañeros de Colegio.. Le he leído poco, pero con eso tuve para ver lo chico que es, no el mundo sino el tiempo… él habla de la vieja tradición de ir al Santuario de Guadalupe el 12 de Dic… y…más de cien años después a mí me toco también esa vieja tradición. Por esos años en que este exseminarista escribía sus versos, nacía en Zamora, Miguel Ramos Carrión (1848-1915) que sería dramaturgo, periodista y humorista y también escribiría versos, entre ellos escribió una poesía muy declamada que se llama EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS… los seminaristas de aquellos tiempo entraban muy chicos al seminario con la idea, un tanto vaga de ser curas, pero a veces bastaba una mirada clara de unos ojos oscuros, o una mirada oscura de unos ojos claros y se daba el romance, a veces platónico, a veces no, y el seminarista encontraba su verdadera vocación..

Primero pongo la poesía de un seminarista….  y luego la creación de un literato, que las difruten.

Salmantina.- Muchacha de Salamanca
Beca.- Especie de bufanda que se cruzaba sobre el pechó y caía por la espalda sobre el manto.  

¡SIEMPRE TÚ!

(Colegio Seminario de Guadalajara, Diciembre 14 de 1851)

 Vela en mano, manto y beca

Y en comunidad mayor,

En dos uniformes álas

Va el Colegio en procesión.

La fiesta de Guadalupe

Mejico celebra hoy;

A su augusta protectora,

Al ángel de la Nación.

Y es costumbre muy antigua

Que á nosotros alcanzó,

Asista en su fiesta clásica

El Colegio á tal función.

Como hijo del Seminario

En fila alumbrado voy,

Buscando al bien que yo adoro

Como hace un año pasó.

Al costado del Santuario

Y en la banqueta exterior.

Regada de hojas y olores

Y guirnaldas de estación.

Miránse en vistoso estrado

Ella y su hermana menor,

Sobreponiéndose á todas

Las bellas de la reunión.

Lindas cual copos de nieve,

Deslumbrantes como el sol,

La una viste un traje rosa,

La otra de blanco crespón,

Y de los propios colores

Ciñen coronas las dos,

Con la sencillez de un ángel,

La belleza del pudor.

Ya entrada la hermosa noche

Y al concluir la procesión,

Torné á aquel sitio la vista,

Y mi corazón tembló.

Jurado había no amarla,

No verla más. -¡Triste amor!-

Antes yo mismo en silencio

Arrancarme el corazón!

Iba junto á mí un amigo,

¿Quiénes son?  me preguntó,

¡Es ella! le dije entonces,

Y sonrieron las dos.

Pensé quedarme enclavado

En aquel lugar, torció

La procesión en la esquina,

Y allí dejé el corazón.

Seguí andando, seguí andando

Triturándome el dolor,

Y con un mundo en el alma

De esperanza y de ilusión.

Volví esa noche al Colegio

Ebrio, hechizado de amor,

Su imagen vi entre suspiros

Y lágrimas de pasión.-

¿Qué magia tiene ese ángel

En su ser fascinador,

Que me hace caer de hinojos,

Y adorarla como a Dios”–

(respeté la ortografía)

 

Y ahora la conocida poesía

 

EL SEMINARISTA

 DE LOS OJOS NEGROS

Miguel Ramos Carrión

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas, pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…

 

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Acerca de licvidriera

Leo, medito, escribo, vivo y escribo en la eternidad
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