El hijo del padre… (sin el Espíritu Santo) Novela en entregas. 2

 

 

 

2a.Entrega. Capítulo II, primera parte.

Lunes 7:30 a. m.                  

Cuando el muchacho salió de la notaría, el padre Jorge sintió ganas de tomarse un trago. Entre algunas gentes del pueblo tenía fama de que sabía tomar y de que nunca rechazaba una oferta cuando el vino era bueno, y muchas veces aceptaba cuando el vino era malo, pero nunca se descompasaba y era difícil notarle cuando había tomado, por eso la gente decía que el padre sabía tomar; esta vez eran esas ganas que sólo se sienten unas cuantas veces en la vida. Sin embargo, con los codos apoyados en el escritorio y los dedos entrelazados frente a la boca, apoyando el mentón en los pulgares, pasó mucho rato pensativo en la notaría, que a esas horas ni debería estar abierta todavía.

Durante largos años vivió atormentado por las dudas de que Alma Lidia García Lepe hubiera tenido un hijo suyo, y hoy, cuando ya creía haber puesto en paz sus temores y remordimientos, esa visita rápida, “sin chiste”, del muchacho, de repente le venía a revivir con fuerza todas las dudas.

Era la primera vez que veía al hijo de Alma Lidia. Ni siquiera en foto lo había visto antes y nunca, jamás, pensó que un día lo vería en su parroquia, en su curato, en su notaría.

La joven Alma Lidia y el seminarista Jorge pasaron su juventud “secretamente” enamorados el uno del otro y dejaron de verse para siempre unos cuantos días después de haberse entregado sus virginidades, hacía ya más de veinte años.

Jorge sospechó y llegó a creer que Alma Lidia, al retirarse de su vida para dejarlo seguir su carrera al sacerdocio, se llevaba un hijo de él en sus entrañas, pero siempre tuvo miedo averiguar la verdad. Por pláticas ajenas llegó a saber un poco de la vida de Alma Lidia y las conjeturas acrecentaban sus temores de que el primer hijo de aquella, bien podía ser de él. Tuvo miedo aclarar la verdad y prefirió sufrir sus secretas sospechas, que le quitaron el sueño noches enteras cuando regresó al seminario a terminar la carrera con los estudios de teología; sospechas que lo atormentaron más cuando se iba acercando su ordenación sacerdotal. Pero guardó muy bien su secreto. Sólo se sintió un poco seguro años después de ordenado, cuando las aguas se habían tranquilizado y cuando llegó a comprender que Alma Lidia sólo había sido un amor, un gran amor, si no imposible, sí secreto, en su pasado.

Pero si la intensidad del amor fue secreta, la amistad y el romance entre Jorge y “La güera de Pueblo Viejo” no fue ningún secreto en el grupo.

Y aunque era difícil adivinar la profundidad de ese romance entre un seminarista y una chiquilla “de vacaciones”, el prefecto de Filosofía llegó a llamarle la atención porque ya lo habían visto varias veces en público con… “la misma muchacha”. Pero sus relaciones íntimas con Alma Lidia las guardó en el más absoluto secreto, como buen caballero, seminarista y sacerdote.

Ya desde el seminario muchas veces estuvo a punto de contarle a Manuel Esparza su secreto y sus temores de que pudiera tener un hijo con Alma Lidia. Lo quería contar para desahogarse, para que alguien le ayudara a soportar su carga. Pero Jorge creía que el buscar compasión no es de buenos cristianos, porque el que busca compasión busca que alguien sufra con él y el hacer sufrir a alguien no es ninguna obra de caridad; por otra parte, adivinaba que si se soltaba el secreto, algún día llegaría a los superiores y su ordenación sacerdotal estaría en peligro. A otros por cosas menores los habían “enchinchado”, para venirlos a ordenar ya viejos, hasta que habían probado, no sólo que estaban arrepentidos, sino que iban a ser agachones por el resto de sus sacerdotales días.

 

Los enchinchamientos empezaban con aquellos a quienes se les negaba la sotana en el quinto año de humanidades. Se les concedía a los “buenos”, a los “malos” se les hacía esperar hasta que su conducta los hiciera merecedores de la negra sotana; hasta que los rebeldes se sometieran, los soberbios se humillaran, los intelectuales abandonaran pistas “falsas” para dedicar sus esfuerzos al estudio de lo “ordenado”, que los inquietos se apaciguaran y que los que no sabían torcer los ojos aprendieran a hacerlo de vez en cuando. Algunos se sometían, pero muchos comprendían que al negarles la sotana les estaban diciendo algo muy claro, y era el tiempo en que muchos comprendían que no eran llamados al sacerdocio, porque “si hoy me niegan la sotana, mañana me van a negar las órdenes y aquí nomás voy a estar perdiendo el tiempo”. Otros eran enchinchados haciéndolos esperar para concederles las órdenes menores y algunos se quedaban acariciando muchos años sus ornamentos de diácono y a algunos parecía que nomás por pura lástima o bondad del obispo los ordenaban.

Nadie supo hasta dónde había llegado la relación con Alma Lidia porque Jorge supo callar. Trabajo le costó sufrir a solas sus amoríos. Sus preocupaciones se le notaban en la cara. Manuel Esparza le insistía que le contara los problemas que lo traían tan fuera de órbita, pero Jorge no confesó sus temores. Le daba pistas falsas o le mentía desvergonzadamente, aumentando la curiosidad de Esparza. Le faltaba experiencia a Manuel en esas cuestiones, creía que eran problemas del corazón, pero nunca imaginó que eran problemas de paternidad los que lo traían tan mustio.

Jorge Centeno y Manuel Esparza habían compartido su primer secreto grave hacía muchos años. Estaban en el mes de preseminario. Eran unos niños entre los muchos que, habiendo terminado la primaria, venían de todos los rincones de la diócesis a pasar un mes de prueba para ver si eran admitidos en el seminario, casi todos entre los 11 y 13 años, sólo unos pocos pasaban de los 15.  Entre clases y recreos pronto se hacían amistades, porque todos tenían en común el ser aspirantes al seminario y al sacerdocio y Manuel y Jorge se hicieron amigos desde el primer día. Apenas habían pasado dos semanas de preseminario cuando Jorge Centeno notó que Manuel Esparza traía una cara de preocupación que apenas podía con ella. Eran un Santo Domingo Sabio atormentado y había que ayudarle. Después de mucho insistirle en que le contara lo que lo preocupaba, Manuel le dijo con sincera tristeza, que había visto a dos de sus compañeros escondidos en un rincón de la huerta haciendo “cosas deshonestas”. ¡No era posible! ¡Si iban allí a demostrar que eran candidatos al sacerdocio, ¿cómo andar con esas cosas?! No habrían entendido de lo que se trataba el preseminario o se habían equivocado completamente de lugar. No cabía duda de que no todos eran llamados por Dios. Estaba bien claro que el diablo no se iba a quedar con los brazos cruzados viendo cómo se iban puros santitos al seminario, también él diablo llamaba a algunos: “Ven y sígueme”,  y aquellos chiquillos no sabían todavía distinguir muy bien las voces y pasarían años para que algunos entendieran que no habían sido llamados por Dios, sino por el diablo, para que fueran a hacer “diabluras” al seminario, y bien puede ser que más de algunos de esos llamados por el diablo se hayan colado por la ordenación y han de ser esos que salen en los periódicos haciendo diabluras.

Manuel no dio nombres… “¿Para qué? Son de nuestro salón y son amigos” Con eso tuvo Jorge para darse una idea. Le faltó la certeza, y nunca presionó a Manuel Esparza para que delatara a los desviados. Con el correr de los años, casi estaba seguro de que por lo menos uno de aquella “pareja” había llegado al sacerdocio. Desde entonces aprendieron aquello de que “la ropa sucia se lava en casa”. Muchos años después lo oirían de su mismo obispo: “La iglesia tiene ya muchos fervientes enemigos, ¿para qué darles más motivos de críticas y ataques? Es como ayudarles a atizar la lumbre. No les vamos a ayudar a destruir la obra de Dios. La ropa sucia la lavaremos en casa”.  Parecían válidos los argumentos, y más cuando venían del obispo. Pero si en aquella ocasión Jorge o Manuel hubieran descubierto a los desviados se hubiera evitado que ensuciaran mucha ropa posteriormente.

La costumbre de encubrirse en cuestiones que desdijeran de la santidad e integridad de la iglesia la aprendían desde muy pequeños. Cuando se aprendía a vivir en comunidad, se aprendía también a guardar los secretos de la nueva familia; ni siquiera era necesario que lo marcara el reglamento: “Art. X Tengan cuidado los alumnos de no comunicar a los extraños las intimidades del colegio, cuidando siempre que las impresiones que les queden sean de edificación. Vean siempre por la buena fama del colegio”. Tal vez lo mismo, y hasta con amenazas, se les pediría en los cuerpos del ejército, en las universidades, en los cuerpos policíacos, etc. Los que no entendían el porqué del guardar la buena imagen del seminario ingenuamente se burlaban en secreto de esas normas: “no quieren que hablemos de la mala comida, o ¿cuáles son las intimidades del colegio?, ¿Hay intimidades en el colegio?” Lo cierto es que de todos modos había lealtad al seminario.

Ya de ordenado Jorge tuvo buenos maestros en la materia de lavar la ropa sucia en casa y no descubrir secretos. “Todos tenemos cola que nos pisen, padre Centeno.” Le dijo el señor cura Saturnino Morones, su primer párroco, cuando el novato padre Jorge le hizo notar que el párroco del pueblo vecino era propietario de muchos terrenos entre las dos parroquias y que los feligreses comentaban que atendía más a las ovejas del campo que a las ovejas de la parroquia, aunque trasquilaba más a las de la parroquia que a las del campo. “Para usted –Le gustaba a Jorge que el viejo párroco le hablara de usted- es una novedad. Cuídese, porque a la gente de por acá le gusta calentarle la cabeza a los padres, ya aprenderá a no hacer caso de chismes. El que el señor cura Torres tenga sus terrenos no es un secreto para los de arriba, padre. Lo saben desde hace tiempo y si hasta ahora no han hecho nada, sus motivos tendrán. Meterse en esos asuntos lo único que causa es que los de arriba lo tengan a uno por chismoso y pierda uno las amistades con el referido, por ser uno un soplón. Si Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga y amén. Los chismes de la gente del pueblo, tómelos como lo que son: Chismes de gente de pueblo, y usted, Padre Centeno tiene que estar por encima de la gente de pueblo…  y para entender eso no se necesita mucho estudio, porque, no es que yo sea muy fijao, pero lo he visto que sigue muy apegado a los libros; No le vaya a pasar como aquel padrecito que estudiaba tanto que descuidaba sus labores y la gente fue a pedirle al obispo que les mandara un sacerdote que ya hubiera terminado de estudiar. Yo, por lo menos, salí del seminario cansado de libros y si ya se metió uno en esto, lo mejor que puede hacer es acatar lo que venga de arriba, es lo más fácil y lo más cómodo. El que estudia mucho, siempre es visto con desconfianza, porque de seguro que estudia para contradecir o corregir lo que dicen los de arriba, los que mandan, o simplemente porque no está contento con ser de los de abajo y quieren ser de los de arriba y los de arriba son celosos. En otras palabras, padre Jorge, el mucho estudiar le puede acarrear problemas. Yo creo que lo que tenga que aprenderse en los libros ni vale la pena aprenderlo ni es muy necesario para vivir bien y para irse al cielo”.

No se atrevió entonces el padre Jorge a contradecir a su primer párroco, aunque no estaba de acuerdo con su proceder, pero lo veía muy tranquilo pasar y pasear por entre el bien y el mal sin preocuparse mucho por alabar virtudes o criticar defectos, viviendo una vida más o menos cómoda; a veces hasta parecía que vivía más cómodo que su vecino, el rico cura Torres. “Curas de pueblo”, pensaba Jorge, y por más que no estuviera de acuerdo con muchas de sus ideas, sí le aprendió muchas cosas prácticas para caminar por la cuerda floja del sacerdocio en los pueblos, donde los ojos de la gente cuidan cada detalle de la vida del padre y los oídos están atentos a cada palabra fuera de lugar del “mensajero de Dios”.

 Una familia influyente del pueblo le pidió al recién ordenado  padre Jorge que, por favor, hiciera ver a la hija que el pretendiente al que correspondía era un claro augurio de fracaso matrimonial. El joven padre Jorge alcanzó a ver que tenía razón la familia de la muchacha y trató de intervenir. Al fin de cuentas lo único que logró fueron enemistades de uno y otro lado del matrimonio que al final, de todas maneras se realizó y se celebró con gran pompa. ”Le dije que no se metiera en eso, padre. -le reclamó don Saturnino- Cuando a una mujer se le abre acá y se le cierra acá –y se apuntaba a la entrepierna y a la cabeza, en ese orden- no va a haber quien la haga entender razones”.

Fue temprano en su sacerdocio cuando Jorge aprendió esa lección y nunca más se metió en problemas conyugales. Hablaba generalidades, evadía las preguntas, ponía cara de interés, pero no se envolvía en asuntos de parejas. Tal vez aplicaba el mismo principio de que la ropa sucia se lava en casa y no hay por qué andar ayudando a lavar suciedades ajenas. Pero nunca cayó en la tentación en que había caído su primer párroco, de “vivir y dejar vivir”, de no hacer nada más que celebrar una misa diaria, monótona y deprisa, envolviendo los diferentes sermones en los mismos juegos de palabras y administrar los sacramentos cuando se lo pidieran y tuviera tiempo… y, aún así, a Jorge le constaba que había gente del pueblo que estaba muy contenta con su señor cura.

Jorge, recién ordenado y bien entrenado en respetar a los superiores, no se atrevió a criticarlo abiertamente, pero si se prometió a sí mismo que nunca sería cura de esa manera; Que nunca sería “cura de misa y olla”.

¿Le tocó trabajar con ese güevón?  -Le preguntó años después el viejo don Demetrio en San Francisco, cuando se enteró dónde había sido su primer destino- Voy de acuerdo que se les haya escapado y se haya ordenado algún joto que no se descubrió en el seminario; Que se les escape uno que no sepa administrar dinero, porque hay muchísimos que no sabemos nada de eso; Que se les escape algún bandido, porque también había bandidos en el seminario, y hasta estoy de acuerdo  en que se les pueda escapar un menso con cara de listo, de esos que siempre se las arreglaban para pasar en los exámenes, ya fuera copiando, ya fuera “haciéndole la barba” a los maestros. Pero que se les escape un güevón, eso sí no lo perdono yo. El que es güevón, será güevón toda su vida y los que eran güevones en el seminario siguieron siéndolo después. Yo los hubiera corrido de inmediato, porque esos cabrones entraron al seminario por güevones y se hicieron padres para pasar una vida de güevones y ojalá no le toque nunca lidiar con uno de esos, porque ya verá la carga que es para uno de párroco cargar con un padrecito güevón. Yo puedo trabajar con padres borrachos, con padres mujeriegos, pero con güevones nomás no”.

  Todo eso lo entendía perfectamente el padre Jorge, porque lo había vivido. Ni siquiera le preguntó lo referente a los bandidos, porque él había sido testigo de un caso muy particular. En segundo de filosofía le tocó ser encargado de la librería adonde acudían tanto maestros como alumnos a comprar libros de texto y de lectura. Apenas tenía unos meses de estar encargado, junto con alumno de teología, cuando empezaron a notar que se les estaban perdiendo libros, y no de los más baratos. No se trataba sólo de pérdidas de dinero, sino que la reputación de la institución estaba de por medio. El padre encargado les dijo a Jorge y al otro librero que no se preocuparan, que él iba a poner uno que se dedicara a vigilar la librería durante las horas que estuviera abierta y que ellos siguieran sus labores sin más preocupación. Muy pronto descubrió Jorge al detective.

– ¿Se me nota?

– A leguas. Tienes que ser un poco más discreto.

Pero aunque el detective no dejó de ser un detective de caricatura, sí fue efectivo y pronto dio con el bandido que resultó ser un estudiante de teología y próximo a ordenarse sacerdote. No tomaba muchas precauciones, porque ¿¡quién iba a pensar que en el seminario hubiera bandidos!? Había urdido el susodicho, coser una bolsa dentro de la sotana junto a la abertura que permitía meter la mano a la bolsa del pantalón. Esa abertura era bastante amplia y el bandido metía buenos libros y los depositaba en la bolsa especial, los llevaba a su cuarto y podía echar varios viajes si había necesidad. Cuando lo descubrieron, encontraron en su cuarto la mayoría de los libros desaparecidos. Colecciones completas y de los más caros. El alumno en cuestión estudiaba en Guadalajara, pero pertenecía a otra diócesis. Se informó al obispo, y los que supieron del caso, que fueron pocos… “porque la ropa sucia se lava en casa”. Algunos se sorprendieron al saber que al poco tiempo el fulano había sido ordenado sacerdote.

 

Jorge se acordó de ese caso cuando se acercaba su ordenación. Por una parte temía que le sacaran a relucir su relación con Alma Lidia y que alguno de los encargados de hacer investigaciones previas a la ordenación viniera con la novedad de que tenía un hijo; por otra parte había la esperanza de que si habían ordenado a un bandido arrepentido, bien podían ordenar al papá de un muchacho; bien pudiera ser que alcanzara perdón.

Por su parte, y por las dudas, guardó siempre el secreto de su aventura sexual con Alma Lidia; no lo compartió más que con un confesor anónimo en Los Ángeles; casi como hacían muchos seminaristas que, cuando tenían algún pecado jugoso y que traería buena “penitencia”, o vergüenza de más, con un confesor regular del seminario, se iban al centro de Guadalajara al templo de La Merced donde a todas horas había confesores disponibles para aquellos que sufrieran un repentino arrebato de arrepentimiento y quisieran confesar sus pecados. Allí los confesores, por regla general eran viejos y sordos, pero había que fijarse bien, porque, por lo menos a uno le había pasado que después de “desembuchar” los pecados oyó que el confesor lo llamaba por su nombre, porque era nada menos que su prefecto de disciplina del seminario… “¿Qué fregaos tenía que andar haciendo allá el padre Tachito?. Como si no tuviera su trabajo acá en el seminario”. Platicaba el afectado riéndose de su mala suerte, porque ni siquiera le tocó confesarse con su padre espiritual, sino con el mero encargado de la disciplina: con el padre prefecto. Ya de cura, a Jorge le tocaba oír de cuando en cuando confesiones de gente que a leguas se oía que eran clérigos, religiosos, o seminaristas por lo menos; a lo mejor venían hasta de las diócesis vecinas a confesar con un extraño sus maldades. La ropa sucia la lavaban en casa, la suciedad la tiraban lejos y en secreto.

Después de ordenado Jorge ya no tuvo ni muchas ocasiones ni muchas ganas de platicar lo ocurrido entre él y Alma Lidia, porque ya había quedado muy atrás y no venía a cuento. Los amigos se habían regado, y al contarlo después de tantos años hasta corría el riesgo de que no se lo creyeran.

Pero ahora, cuando ya Alma Lidia era solamente un recuerdo borroso que se iba perdiendo en el pasado, aparece este muchacho que dice ser hijo de ella y que sin ningún motivo especial viene a saludarlo y a presentársele. Y a revivirle la sospecha de que es su hijo. Por alguna razón que no le venía del entendimiento, sino del corazón, y hasta entonces entendió plenamente por qué se dice que el corazón tiene razones que la razón no entiende, el padre Jorge de pronto sentía, aunque se resistía a admitirla, la certeza de que aquel muchacho era hijo suyo. La corazonada lo asustaba. No podía comprender de dónde le venía esa certeza, ¿sería de la turbación? Y aunque trataba que su miedo no apareciera en la superficie, la realidad es que casi llegaba al pánico, porque si aquel muchacho era su hijo, “el hijo del padre”, eso venía a cambiarle todo su mundo. Y a esas horas andaba por allí suelto entre las gentes de su pueblo.

Muchas cosas de las que predicaba el padre Jorge las creía a medias, porque siempre creía que se aplicaban a las demás gentes, pero no a él. Muchas veces había hablado de “… lo frágiles que son nuestras vidas; Creemos que estamos seguros en nuestros pequeños munditos y de repente, un débil pinchazo, revienta nuestra pompa de jabón. Un suceso cualquiera, a veces insignificante, puede cambiar toda nuestra vida, todo nuestro mundo”. Jorge entendía perfectamente que la visita de ese muchacho le podía cambiar completamente su vida.

La relación de Jorge y Alma Lidia, sin ser noviazgo formal, había sido muy especial. Tal vez más intensa y más íntima que muchos noviazgos. “Si eso no es ser novios, dime entonces qué es, le preguntaba su tía Lucía a Alma Lidia y ésta no sabía qué contestar, más que: “somos amigos, simplemente, ¿cómo crees que vamos a ser novios si él es seminarista?“¡Ay, Alma Lidia!” Se desesperaba la tía Lucía, porque se veía “a leguas” que los dos estaban enamorados “hasta las cachas”.

La relación empezó cuando eran apenas unos adolescentes. Duró siete años y se acabó de repente. Ella se retiró de la vida de Jorge, porque lo amaba de verdad y no quería hacerle daño. Sabía que a Jorge le costaría mucho más poner fin a esa relación y se retiró también, porque muy en el fondo lo despreciaba por no haber tenido el valor para dejar el seminario para vivir ese gran amor que los dos sabían que sentían, aunque nunca se lo confesaban abiertamente. “Tuvo el atrevimiento de prender la lumbre pero en cuanto vio las llamas y sintió el calor salió corriendo” Le decía, con cierta amargura, Alma Lidia a su tía Lucía, confidente y alcahueta. Lucía la animaba: “ustedes se andan por las ramas, cuando su amor lo traen desde las raíces. Si lo quieres, como yo creo que lo quieres, deberías de sacarlo del seminario, al fin que todos los días se salen seminaristas”. Alma Lidia no lo quería así, quería que él diera el primer paso. Comprendía que si ella “lo sacaba” del seminario vendría el día en que Jorge en alguna manera, ya fuera abierta o sutil, se lo reprocharía y sería el final del amor bonito. Decidió esperar, pero Jorge nunca dio el primer paso ni siquiera le llegó a decir un “te quiero”…

Valle Alegre era un pequeño poblado y uno de los lugares donde pasaban mes y medio de vacaciones de comunidad los seminaristas de Guadalajara al terminar el curso escolar. A la orilla del pueblo empezaba la sierra y entrando a lo tupido del bosque de pinos había un arroyito de aguas cristalinas y cantar alegre y despreocupado. Una vez que el obispo visitó a sus seminaristas que pasaban sus vacaciones de comunidad en Valle Alegre, escogieron para hacer los borregos “al pastor” para el prelado y los casi doscientos seminaristas que se reunirían de los pueblos aledaños, un lugar cercano al arroyito mencionado. Para que el obispo cruzara el arroyo, los seminaristas hicieron con ramas de pino un rústico puentecillo que encajaba perfectamente en el lugar y lucía hermoso como una tarjeta postal, porque lo hicieron con el empeño de quienes habían visto meses antes la película “Puente sobre el río Kuwait”. Alguien empezó a llamar a ese lugar el “te quiero”. El nombre pegó y todos los seminaristas que pasaron vacaciones en los pueblos de los alrededores conocieron el “te quiero”.

En la visión romántica y platónica de muchos seminaristas un “te quiero” era algo sencillo y hermoso como un arroyito corriendo despreocupado entre los pinos. Hay algunos lugares de leyenda a donde van a suicidarse los amantes decepcionados. “El te quiero” de Valle Alegre podía ser un lugar de leyenda donde muchos seminaristas pasaron largos ratos recargados en algún viejo pino confesándole amoríos infantiles y soñando amores imposibles, pero bonitos y sencillos como aquel arroyo.  Algunos seminaristas, entre ellos Jorge, sabían que un “te quiero”, para un seminarista, muy pocas veces se parecía a ese manso arroyito. Las más de las veces un te quiero incluía turbulencias, vientos, inquietudes, torrentes, pasiones, marejadas, celos, oscuridades, dudas, sufrimiento, tormento…  Muchos “te quiero” se le quedaron en la boca a Jorge, porque sabía que las aguas de un te quiero, son engañosas, no son tan mansas como parecen y pueden arrastrar y ahogar. Muchos “te quiero” se le quedaron en el pecho a Jorge, porque tuvo miedo dar el paso fuera del seminario. Porque tuvo miedo salir del manso arroyo y entrar a las turbulencias del mar de la vida. Al mismo tiempo se cuidó de que ante los superiores sus turbulencias siempre estuvieran bajo el agua mansa de su virtud.

 

Se dejaron sin reproches, Alma Lidia nunca hizo nada por buscarlo ni por escrito ni por teléfono ni con recaditos, lo cual resultó, hasta cierto punto, cómodo para Jorge que siempre supo que al final preferiría el sacerdocio al matrimonio. Alma Lidia esperó un corto tiempo, mientras se resignaba a aceptar que Jorge nunca dejaría el seminario por ella y se retiró, sin estorbarle en nada. Lo dejó que siguiera su carrera al sacerdocio, como él casi se lo había pedido más de alguna vez, cuando le daba a entender: “Déjame, porque yo no puedo dejarte”. Alma Lidia así lo comprendió desde el principio: que era ella la que tenía que decidir a dónde iba esa relación. “Lo tienes comiendo de tu mano, pero ten cuidado que a veces nomás comen y se van”. Le decía su tía Lucía.

Jorge era el que la buscaba y aparentemente era él quien podía terminar la relación o avivar menos el fuego, pero entre más tiempo pasaba más difícil se le hacía llegar a una decisión. Alma Lidia lo comprendía. Lo comprendió desde antes que empezaran las dudas y Jorge empezaba a insinuarle que le perturbaba en sus estudios y peligraba su vocación y que lo mejor era no volverse a ver. Pero se seguían viendo. Alma Lidia nunca decía nada ni pedía nada. Bajaba la cabeza y escuchaba. Se quedaba triste y Jorge regresaba al seminario con un beso y un abrazo de despedida que no se atrevió a dar, por más que le sobraran las ganas. Había oído cómo Arturo Fuentes y Manuel Cabrera, cuando iban de regreso al seminario los jueves después de ir a las colonias al catecismo, se bajaban del camión en el templo expiatorio donde cada semana había matrimonios elegantes, y cuando salían los novios y empezaban los abrazos, le entraban a abrazar muchachas y regresaban al seminario bien contentotes y bien agasajados, a veces hasta olorosos a perfume, platicando cómo se sentían los pechos apretados de las muchachas. Con muy poco se contentaban los seminaristas para satisfacer sus fantasías. Jorge tenía ganas de abrazar a Alma Lidia, de apretarla, de tomarla del mentón y darle un beso delicado y luego comérsela a besos. De eso tenía ganas, de eso tenía miedo: de que no se iba a contentar con un abrazo simple y sencillo. Pero, después de dos o tres veces que Jorge decía que era mejor no volverse a ver, y a la semana siguiente allí estaba sonando el timbre de la casa, buscando a Alma Lidia, por lo que ésta comprendió claramente que la responsabilidad de terminar esa relación era de ella, si no quería hacer que Jorge dejara el seminario; Aunque sabía que era mucho más el amor que le tenía a ella que al sacerdocio, nunca le perdonaría que ella hubiera sido la causa de que no fuera sacerdote.

 

Como su noviazgo nunca fue oficial ni declarado, Alma Lidia tuvo novios de los que le platicaba con mucha naturalidad a Jorge; éste se ponía colorado de la vergüenza de sentir celos: sentía coraje al oírla hablar, pero le daba concejos y ocultaba sus verdaderos sentimientos lo mejor que podía. Pero aunque Alma Lidia tenía novios y pretendientes, al que quería con verdadero y profundo amor era a su seminarista, a Jorge. Soñaba con él y más de una vez fue suya en sueños, lo amaba “con toooooda el alma y lo deseaba con tooooodo el cuerpo”. Sus sentimientos eran claros, pero sabía que tenía que reprimirlos. Los sentimientos de Jorge eran más confusos; el deseo le nublaba la mente, los escrúpulos el corazón.

 

Terminando los tres años de Filosofía y antes de empezar los estudios de teología los seminaristas iban un año a las escuelas parroquiales de los pueblos a dar clases de primaria. Era el año de magisterio. Un año de servicio que muchos seminaristas veían como una pérdida de tiempo en la carrera al sacerdocio. Las gentes del pueblo pensaban que se los daban de prueba. La verdad era que, aún sin una preparación especializada en pedagogía, los seminaristas eran gran mejora en las escuelas de pueblo que casi siempre se abastecían de maestros de los alumnos egresados de las mismas. No había comparación entre maestros que habían terminado la primaria en una escuela de pueblo con maestros que habían terminado filosofía en el seminario de Guadalajara. Y aunque el seminario, al parecer, corría el riesgo de perder a algún seminarista durante ese año, la verdad es que salía ganando muchos seminaristas, porque aquellos maestros eran instrumentos muy importantes en el florecimiento de vocaciones sacerdotales en los pueblos a donde iban ese año de magisterio.

Algunos seminaristas, con permiso muy especial, aprovechaban ese año para trabajar y ayudar económicamente a sus padres. Jorge fue uno de esos. Cerró matrícula en el seminario, porque eso sí, había que cuidar la reputación del seminario, por más que Jorge se siguiera sintiendo seminarista, había un papel con fecha y firma del rector que decía que ya no pertenecía al seminario.

Y se fue a Estados Unidos a trabajar. Su familia nunca había gozado de una buena posición económica y Jorge sentía que debía de ayudar aunque fuera un poco. Dos de sus hermanos radicaban en Los Ángeles y allá fue Jorge junto con otros tres compañeros en parecidas circunstancias. Los tres con la intención de regresar al seminario, pasado el año que sería de magisterio para los demás compañeros.

Fue en Estados Unidos donde se volvieron a encontrar Jorge y Alma Lidia. Jorge quería aprovechar ese año para enfriar su relación y regresar a Teología sin más problemas sentimentales, sin embargo, animó a Alma Lidia a que aprovechara una invitación a Estados Unidos, con la esperanza de que allá se verían. Y allá se encontraron y allá fue donde se entregaron sus virginidades, lo que podía haber parecido como una última lucha en la batalla, pero los dos sabían y querían pensar, que no había sido así. Simplemente sucedió lo que los dos venían deseando desde que se conocieron. Consumación de un amor que no podía ser. Acto final de un drama que así terminaba, porque los actores no le quisieron dar un mejor final. Culmen de una amistad que no se cultivaría más.

 

Ella sabía lo mucho que Jorge la deseaba. Tal vez tanto como ella lo deseaba a él, y sabía que él nunca se atrevería a dar los primeros pasos. Inconscientemente ella lo llevó de la mano; él se dejó guiar, atontado, embrujado, pero no veía a la lujuriosa, sino a la inocente y amorosa Alma Lidia que siempre fue. Si Jorge no hubiera visto el amor, el pudor, y la inocencia en los ojos de Alma Lidia nunca hubiera aceptado estar esa vez con ella a solas, cuando pasó lo que pasó.

Desde que se conocieron, fueron muy pocas las ocasiones en que habían estado los dos solos. Por alguna razón, ¿temor inconsciente o inseguridad consciente de Jorge?, cuando visitaba a alma Lidia, siempre llevaba algún compañero; casi siempre distintos, porque en cuanto notaba que estaban empezando a entrar en confianza con Alma Lidia y que ésta les hablaba con cierta familiaridad, no los volvía a invitar, o duraba mucho para volverlos a llevar los jueves a las pláticas con “la güera de Pueblo Viejo de la Sierra”. Pláticas de unos cuantos minutos en los escalones a la entrada de la casa de la tía Lucía.

“Los seminarios siempre andan en manada” Decían las gentes de la sierra, porque era muy raro ver un seminarista paseando solo en la sierra cuando andaban de vacaciones y en la ciudad era lo mismo, hasta cuando iban a visitar a sus familias casi siempre se hacían acompañar de algún amigo. Tal era la costumbre del vivir en comunidad. Fue en el año de magisterio que Jorge pasó trabajando en Estados Unidos cuando aprendió a andar solo y luego a andar solo con alma Lidia, hasta que pasó lo que tenía que pasar.

Jorge se arrepintió de sus pecados con Alma Lidia. Su acto de contrición fue perfecto, se confesó y prometió no volverlo hacer y no lo hizo. Y en cuanto notó que Alma Lidia lo empezaba a buscar con más confianza, abrigando secretas esperanzas ahora con más fundamento, le recordó que él nunca le había prometido nada, que todavía estaba firme en su decisión de seguir en el seminario. Alma Lidia lo calló con un beso de ternura, al que Jorge no respondió, y poniéndole un dedo en los labios le dijo llorando: Yo nunca te he pedido nada, Jorge, ni quiero que dejes el seminario por mí, yo simplemente te quiero, te quiero mucho y te querré siempre. Jorge no se atrevió siquiera a limpiarle las lágrimas que le rodaban por la mejilla porque desconfiaba de sus sentimientos. “Ojalá no te haya hecho daño, Jorge. Veo que te arrepientes de lo que pasó. Para mí fue muy bonito y sabes bien que los dos lo queríamos. Lo queríamos desde siempre. Yo siempre lo recordaré”. Jorge no respondió. Su rubor delataba que tenía vergüenza de sus deseos. Vergüenza de esconderse en la virtud por temor a enfrentar una vida diferente a la vida de cura que había soñado. No dijo nada, hasta tuvo miedo verle la cara, la hubiera encontrado más bonita que nunca. Se fue agachado, avergonzado, tragándose su deseo y nunca más volvió a verla ni volvió a buscarla.

El mismo Jorge nunca estuvo seguro si fue un acto de heroica virtud o un acto de vulgar cobardía. Alma Lidia lo vio alejarse con tristeza, con ternura y con un poco de desprecio. Comprendió que había “perdido la batalla” y se retiró para siempre de la vida de Jorge. Pudo haberse avergonzado de haberle entregado su virginidad, pero no lo hizo. Guardó una secreta satisfacción de haber sido la amante de “su seminarista”, aunque hubiera sido por unas horas solamente.

Los dos soñaron mundos que pudieron haber sido y poco a poco se fueron olvidando. Poco antes de ordenarse Jorge rompió en secreto las últimas fotos que había conservado de Alma Lidia, no dejó ninguna. Después se arrepintió.

 

“Me dice cosas muy bonitas”, le decía Alma Lidia a su tía Lucía, allá cuando empezaba a enamorarse de Jorge, “me dice que no le importa no tener la intimidad de mi cuerpo, porque tiene la intimidad de mi alma”. Y un día Jorge, en un arrebato de celos, después de darle consejos en su noviazgo, le regaló una foto de sargento en el servicio militar, pero a Alma Lidia, más que la gallarda pose, le gustó la dedicatoria:

“Si hablar pudiera esta foto,

 te diría a cada momento:

te quiero, Lidia, te quiero”.

Cosas “bonitas” que Alma Lidia ni siquiera comprendía plenamente, como tampoco comprendió el hecho de que en cuanto Jorge tuvo la intimidad de su cuerpo se fue retirando. “Se asustó y se refugió en su seminario”.

Jorge supuso, y supuso bien, que Alma Lidia se retiraba de su vida guardándole rencor, pero no le importó. Alma Lidia se casó casi inmediatamente con el novio de su infancia al que no quería como a Jorge. Jorge regresó al seminario estudió los cuatro años de teología y se ordenó sacerdote. Casi en cuanto se ordenó, en cuanto se sintió seguro en su sacerdocio, empezó a comprender lo injusto que había sido con ella. Faltaba más tiempo para que comprendiera que había sido cobarde, porque la cobardía es uno de los defectos más difíciles de admitir y, por alguna razón, uno de los defectos que más criticaba el padre Jorge en sus sermones, llegando a decir que “el cobarde nunca admite su cobardía porque se necesita cierto valor para admitir que se es cobarde”.

…. Le seguimos la próxima semana… Puedes encontrar un enlace arriba  en la pestaña “Mis libros” y lo puedes leer gratis en Kindle

 

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Acerca de licvidriera

Leo, medito, escribo, vivo y escribo en la eternidad
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Una respuesta a El hijo del padre… (sin el Espíritu Santo) Novela en entregas. 2

  1. Mis felicitaciones por la nueva novela, querido Licenciado: me resulta complicado seguir capítulos tan largos al modo “antiguo” de entregas semanales, así que optaré por el Kindle o el papel. Un afectuoso saludo.

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